Un día

25 de mayo del año no quiero acordarme.

Tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos, café con leche, sal disuelta en lágrimas.

¿Alguna vez viste llorar a tu madre? Ese día su rostro se envejeció 20 años más, el blanco de sus ojos se volvió amarillo, esa quemadura en el labio por haber devorado cientos de cajas de cigarros resaltaba aún más en su boca, de su pelo desapareció el brillo, de su vida desaparecieron las sonrisas.

Hoy, 27 de mayo del año no quiero acordarme.

Sábanas enredadas a mí como espinas. Miedo, ¿conoces el miedo a levantarte y mentirle al espejo? Miedo a ver esa misma mirada perdida de mi madre.

Se marcha. Dice que se va del país. Dice que no me va a faltar de nada. Dice que la crisis también acaba con el amor de pareja, pero que no acaba con el amor a su hija. Otra vez esa mirada. ¿Me mira a mí u observa mi alma?

Un día cualquiera, primavera… puede que otoño o 15 años más tarde, no lo recuerdo.

Ella desapareció. Aprendí a vivir con las manos de mi tía. No supe más de su existencia. Cuentan que emigró a Noruega, otros dicen que vive en las calles de Amsterdam, quizá algunos tontearon con la posibilidad de encontrarla al otro lado del charco, comiendo en comedores sociales. Ese día cualquiera encontré un paquete en el buzón. Sin remitente. Un diario. De ella. ¿Papeles? Sí. Demasiados. Me senté a leerlos mientras desayunaba.
Era el relato de alguien que murió en el intento de darle una vida mejor a su hija. Una persona que pasó hambre, que robó panes, que se colaba en bodegas de barcos rezando por su vida, rezando por que no la encontraran.

“ Este diario pertenece a: Una madre que no murió sin decirle te quiero a lo que más quería.
Hace frío, tanto que ya ni los tres pares de calcetines ni las cinco cajas de cartón mojadas logran disimularlo. Tengo las uñas largas y sucias de buscar en la basura. Miro a través de las ventanas del tren esperando ver tu faz pero solo descubro caras pálidas, abrigos de piel, periódicos… Gente tan fría como el suelo que habito. He perdido las gafas, a penas consigo escribirte esto. Cojeo del pie izquierdo. Vomito sangre. Tengo miedo. No es el mismo que tú tenías de ver mis lágrimas. Es miedo de no volver a casa. Estoy en mis últimas. Si en algún momento creíste ser invisible, no hay nada como sentirse, serlo y además invisible bajo la lluvia, sobre cartones.
Hoy un caballero posó los ojos en mí. Éste tuvo la decencia de acompañarme a morir a un hospital. Aquí estoy, escribiéndote estas líneas, reservando mis últimas palabras únicamente para ti. No han conseguido despegar de mi cuerpo estos andrajos debido a todas las heridas que han surgido en mi piel. La suciedad me ha destruido por completo. Quien te habla ya no es persona, solo un trozo de carne con alma.
Te quiero”

Los papeles contenidos en el sobre posibilitaban la entrega de su herencia. Un anillo de oro. Éste guardado en una pequeña bolsita. Estaba grabado, pero no adivinaba lo que ponía en él aunque sabía muy bien que era su anillo de casada.

Tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos, café con leche (ahora frío) y sal disuelta en lágrimas.

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